marzo 25, 2014

La periodista de los Sucesos

Retomo el blog para contar que hoy es un día un poco triste porque finalmente deja la delegación de Roma la persona que la ha dirigido durante más de un lustro.

Su nombre es Carmen y, nada más conocerla, supe que iba a marcar mi vida.

Llegué a Roma el primer día de 2013, después de dejar la fiesta de Nochevieja a medias y a mis amigos y familia con el nudo en el estómago al no saber qué iba a hacer en la capital italiana.

Entré por primera vez en la oficina el día dos, a las tres de la tarde. Lo hice con la que se convertiría en mi amiga y compañera -por este orden- Alba Santandreu, que hoy es corresponsal de la agencia en Sao Paulo, Brasil. Dentro de la redacción, en la monumental plaza Navona, estaba Carmen, que ya había olvidado mi llegada y que, al verme, me dijo “¿Tú eres el de Valladolid? Se nota, ¡Vaya cabezón!”.

Mi primer teletipo fue, como no podía ser de otra manera, un desastre. Yo intentaba escribir sobre la muerte de Rita Levi Montalcini con el rigor de un novato que quiere parecer profesional pero con paupérrimos resultados. Ante el desastre, ella me llamó de todo a lo que yo respondí con una sonora carcajada.

Creo que ella no se esperaba mi reacción y al verme reír -confieso que de nervios- auguró que íbamos a llevarnos bien, porque “chico, tú tienes sentido del humor”.

Y creo que es lo que más he aprendido de ella. Nunca olvidaré cuando, en una entrevista a un premio Nobel argentino, la emprendió a patadas contra un fotógrafo italiano porque no nos dejaba ver al señor que contaba historias sobre el drama que los indígenas viven en la administración de la viuda de Kirchner. O cuando me defendió de un reportero alemán el día de la despedida de Benedicto XVI porque me puse a hacer mi medianilla a cámara detrás de él, que estaba en pleno directo.

Ella, que aparece en el Territorio Comanche de Pérez Reverte bailando sobre la mesa de un bar de Bucarest la noche de la caída de los Ceausescu, me ha sorprendido durante casi un año y medio con sus historias de reportera de guerra. Pero no la clásica reportera que enseña sus cicatrices y sus galones, sino como la periodista que vive con lo que es con completa naturalidad, como si hubiera llevado a cabo su labor prácticamente sin percatarse, porque es lo que le sale del alma.

Tampoco olvidaré sus miles de lecciones y sus miles de consejos, como el que suele pronunciar con socarronería y que afirma que un periodista que no sabe escribir un Suceso, no es un buen periodista.

En definitiva, yo, que llegué al periodismo tras convencerme de que la filología clásica debía esperar, creo que ya he puesto rostro a la profesión que afortunadamente ejerzo y que tanto respeto.

Nuestra despedida ha sido un abrazo y un hasta pronto. Nada de sentimentalismos y palabras bonitas que ella suele zanjar con un “cállate no me seas maricón”.

Hoy es un día triste y siempre se la echará de menos.

 

noviembre 22, 2013

Cuando la Navidad era divertida

Hoy nos hemos acordado de cuando la navidad era divertida. De cuando la Jaki, la Miss, Cés, el Ruso, la jaleos, Rodri y algún que otro ser despistado más, usábamos la Casa de la Carretera como piso franco para planificar nuestras fechorías dirigidas a cualquiera de las mil personas que componían nuestro pequeño pueblo vallisoletano.

Se daba la peculiar coincidencia de que el periodo navideño despertaba en nosotros un afán de destrucción superior al que podríamos experimentar en cualquier otra temporada del año, que se fraguaban en la Casa de la Carretera, concretamente en su pequeña sala de la izquierda, cubierta de colillas, donde alternábamos, entre risas, los cafés de la Tía Emilia con dichas ansias de destrucción. 

Porque era allí donde comenzaba el trabajo en cadena. Uno rompía el papel de aluminio y lo comprimía hasta crear pequeñas bolitas grisáceas que manchaban los dedos, otro las metía dentro de una botella de plástico y por último, otro era el encargado de meter las botellas con las bolas de papel de aluminio dentro de sacos para facilitar su traslado durante la noche de autos.

Un trabajo que se repetía hasta la saciedad, hasta que conseguíamos tener el morral bien lleno de botellas explosivas.

A última hora de la tarde, uno de nosotros, el que tenía cara de ser mejor persona, acudía raudo a la ferretería para comprarle a Tista una botella de aguafuerte bajo la excusa de siempre, “porque mi madre está limpiando las juntas del baño”. Comenzamos a delinquir pronto porque recuerdo que el precio del aguafuerte era de 80 pesetas.

Al llegar la noche y después de cenar cada uno en nuestras casas, comenzaba un festival sonoro por todo el pueblo al arrojar las botellas rellenas de bolas de papel de aluminio y aguafuerte, cuya mezcla provocaba la combustión del aluminio que provocaba, a su vez, la emisión de un humo espeso que, al verse encerrado dentro de una botella plástica, buscaba desesperadamente una vía de escape con escaso éxito para el humo y con enorme alegría para nosotros, que reíamos al escuchar a nuestras espaldas su fracaso, que se traducía en la explosión de la botella y su apabullante sonido.

Y los vecinos se asomaban a la calle, engarrotados por el frío, para llamarnos “hijos puta” o “maleantes” y nosotros corríamos y les respondíamos con otros insultos. Y el Rojo trató de dispararnos pero nosotros fuimos más rápidos. Y Canjilón, el pobre Canjilón, decía que “A Pum, a Kika, a Tejao, a Pum” y nosotros continuábamos riendo aunque fuese en el banquillo de cualquier nimio tribunal de pedanía.

Hoy he recordado cuando las navidades eran divertidas, salvajes y explosivas. Cuando quemábamos un mundo que no nos gustaba, que nos era ajeno. El mismo mundo que hoy permanece inalterable y que soportamos con el estoicismo propio de la edad, dando la batalla contra todo definitivamente por perdida.

 

A Miss, mi vándala preferida.

julio 23, 2013

El náufrago y el erizo

La escalinata que llevaba a la iglesia, con una suntuosidad y boato impropio para un municipio tan insignificante, fue para mi el primer santuario consagrado al fin, el lugar en el que tuve mi primer contacto con la muerte.

Mi infancia, que había transcurrido entre algodones y al son de una melodía cualquiera de Mike Oldfield, se desarrolló entorno a una fea iglesia de ladrillo que mis paisanos se empeñaban en situar en el siglo XVIII aunque nada ni nadie podría certificar semejante afirmación.

En los aledaños del templo jugué, me caí, me peleé y me enamoré pero lo que más recuerdo de este escenario es la tarde en la que, recorriendo su jardín, accedí a las escaleras de granito desgastado y, en su descansillo, me topé con una viga abandonada por quién-sabe-quién que parecía desprender vida de sus entrañas.

Todo transcurrió en una calurosa tarde de agosto, yo odiaba las amapolas y en mi pequeño pueblo estas opiáceas surgían como el vello en el rostro de una anciana, sin orden aparente. Las tardes de este mes estaban reservadas para los críos insoportables y en las casas de mis amigos se imponía la estrecha imposición de la siesta porque, hijo, este calor mata.

Yo esquivaba la norma general deslizándome por la ventana que daba a un patio grande y lleno de aperos de labranza que mis padres compartían con mis abuelos, un patio que soportaba con estoicismo el ataque del sol que acribillaba con sus flechas a cualquiera que cometiese la osadía de pasearse por el enorme campo que era su imperio, unas flechas que hacían que los trastos que mi abuelo amontonaba en el corral, creyendo en un orden subjetivo, se retorciesen de dolor, escurriendo minúsculas gotas de óxido que manchaban sin parar las horribles y antiquísimas baldosas que cubrían su superficie.

Aquella tarde supuso, en efecto, el final de mi niñez, una tarde que aparecía en rojo en el calendario de cualquier destino con la intención de hacer trizas la visión de un niño.

Ya en la calle, bajo la atenta mirada de las ancianas enlutadas que hacían las veces de vigías en la retaguardia con los orificios de las persianas tatuados en su indiscreción, paseaba con una bolsa verde en la que guardaba mis mayores tesoros, que no era más que mis figuritas plásticas de indios y vaqueros y jugaba a buscar en los aledaños de esa iglesia algo que se saliese de lo convencional.

Bajé corriendo hasta sus jardines en los que una decena de rosales secos me observaban con complacencia y allí me sentaba a la sombra de un arbusto con el que me encariñé y que utilicé durante algunos años como escondrijo, como una cabaña franca.

Salí del cobijo de las ramas del arbusto para acceder a la escalinata de granito y allí se produjo el hecho que pellizcó mi subconsciente. Me acerqué a la piedra, una especie de viga irregular y con telarañas incrustadas y, apoyando mi pie derecho sobre uno de sus laterales, la empujé hasta hacerla rodar apenas unos centímetros.

El movimiento descubrió una imagen que me golpeó la vista e hizo que pasase las siguientes semanas meditando, con un sabor de terror e incertidumbre, sobre lo que mi osado gesto me mostró.

Una masa grisácea yacía en el suelo, recubierta de espinas rotas y pelo húmedo de sangre, con cuatro pequeñas extremidades apuntando al cielo, secas y quebradas por el peso de la roca y de cuya proa emergía un diminuto morro negruzco, con una mueca de cansancio, como el náufrago que, cansado de flotar aferrado a un tablón de su propia embarcación, se deja devorar por las aguas mientras esboza en su rostro una casi inapreciable mueca de diversión.

El caso es que la masa, pese a presentar el rostro de la muerte más cruel, estaba llena de vida, llena de movimiento, cubierta por un festival larvado que se deleitaba succionando el cuerpo de aquel erizo que supuso, en efecto, mi primer contacto con la muerte.

Y fue entonces cuando comenzó la tregua entre los indios y los vaqueros de mi bolsa verde, cuando los unos enfundaron su rifle y cuando los otros dejaron de cortar cabelleras. Ni siquiera pensé qué clase de hijo de puta, al estilo del señor Meursault, podría hacer algo así, solo me limité, tiempo mediante, a digerir que el náufrago y el erizo, con sus muecas de complacencia y solemnidad, pertenecían sencillamente al insondable cosmos que se deshacía más allá del umbral del alféizar de mi ventana.

A ella, que me explicó que de la muerte también se aprende. 

junio 1, 2013

Yo antes tenía un blog

Yo antes tenía un blog.

Y ahora, todo lo que tengo es una pequeña gruta en internet que se ha convertido, inexorablemente, en el basto y estéril imperio del Borrador.

Esas historias condenadas a no ser contadas que agonizan bajo las densísimas aguas de la falta de creatividad. O de talento.

Y hoy entro en lo que antes era mi territorio y lo encuentro repleto spam. Esa basura cibernética que asedia mi dominio como el cilantro que colma los desvencijados, sombríos y ruinosos muros de Roma.

Yo antes tenía un blog. Y lo quería.

enero 23, 2013

La espera de la chica del abrigo de paño.

agua nocheLa llama de su mechero iluminó su rostro mientras de su boca emanaba un pequeño suspiro de humo blanco. Bajo la lluvia espera la chica la llegada de algo que anhela y desea. Por un momento, su cara es la única luz de la calle, que se resbala inexorable entre las gotas de lluvia hasta la plaza de España.

Era una fría tarde de enero, de esas que se respiran frías y en las que la noche llega con antelación, como un largo preludio de lo que será un corto día que morirá, de nuevo, con una inminente sombra que es su noche. Apretándose el abrigo para sentir su calor piensa en lo estúpido que ha sido su jornada. Se levantó cuarto de hora tarde y para colmo de males llovía.

Sus labios -finos como la niebla que la envuelve- aprietan el filtro de su cigarro, aspirándolo y produciendo un brillo incandescente.

- Huevos, leche, pasta de dientes, algo de pasta, filetes de pollo, cebollas, galletas o algo para el desayuno…

Otra calada y otra espera.

- Odio esperar… Detesto que me hagan esperar.

Su mano desnuda sujeta el cigarro. Con la otra, enguantada, se agarra las solapas del abrigo de paño, pegándoselas a su cuello.

- Cinco minutos de retraso. ¡Dios! Mañana a las siete y media arriba… ¡Qué ganas de llegue el viernes!

El viernes suspira cansado de ser invocado en tantas ocasiones. En ocasiones los días se enfadan.

Vuelve a llevarse el cigarro a la boca y vuelve a emitir el mismo brillo que ilumina sus pupilas que, apretadas, buscan la presencia de algo muy esperado al final de la calle, entre la penumbra y los vaivenes de los coches que arrojan su luz a las aceras.

- ¡Qué frío y qué ganas de llegar a casa! Esta lluvia… Esta humedad se mete en mi cuerpo y no se va. Mis huesos… ¡Cómo me duele la espalda! ¡Ah si! Tengo que comprar paracetamol. Mañana saco dinero y hago algo de comp…

Su pensamiento es interrumpido por otra calada. Ya es de las últimas, la ceniza esconde un corazón de fuego que avanza a lo largo del cigarro que ya no es más que un pequeño y ridículo residuo de lo que era antes de apoyarse en la pared para esperar. El fuego del cigarro estaba llegando al logotipo estampado con tinta negra, marca y seña de cualquier compañía tabacalera americana.

- ¡Que no se me olvide pedir el día libre para el próximo martes!

Estuvo a punto de sacar su agenda para apuntar la cita pero, de pronto, sus pupilas respiraron aliviadas y su pulso se aceleró sensiblemente. Estaba llegando, 40 metros quizá… Pero ahí estaba. Imponente y arrojando un poco más de luz a la calle, reflejándose en el pavimento mojado.

Miró su colilla, apuró un poco su humo y la tiró al suelo. Tirar una colilla al suelo es deshacerse de 10 minutos de conversación, de unos momentos de espera, de aburrimiento o de diversión. Una colilla es el residuo definitivo de un pensamiento.

De nuevo el cosmos sonrió ante la paradoja que suponía ver a la chica rellena de humo y a la colilla rellena de agua. Existe la venganza en el universo y este era un claro ejemplo.

Había llegado. Mientras la chica se ponía el otro guante, las puertas se abrieron. Había llegado el bus 81 que la llevaría de nuevo a su casa y que acaba, definitivamente, con su día de trabajo y con sus diez minutos de espera. 

Reset.

enero 15, 2013

El secreto de los adoquines.

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Trémulo como una hoja tirita el suelo de Roma. No es un temblor constante sino que ocurre de vez en cuando. Caminas por la calle y de pronto el suelo parece abrirse, comienza a emitir un zumbido seco y todo empieza a perder sentido porque la ciudad no puede caer, la ciudad es eterna.

La primera vez que me ocurrió fue el día de mi llegada. Yo iba cargado con una maleta, una bolsa de mano y un paraguas. El conjunto superaría muy seguramente los 45 kilos de peso por lo que, al sentir el temblor, pensé que podría tratarse de mis piernas agotadas, de mi cuerpo exhausto que, por alguna razón fisiológica, se había plantado y había decidido no seguir adelante. La verdad es que, a pesar de estar muy cansado, la visión que se me apareció instantes después pervive aún en mi cabeza como algo real. Un hecho que sería refutado por los acontecimientos posteriores.

Los adoquines del suelo empezaron a tintinear como si algún tipo de presión viniese empujando desde lo más profundo del averno. De pronto saltaron por los aires acompañados por miles de granos de arena y, una vez que la gravedad depositó los restos de la explosión en el suelo, vi en aquel enorme cráter cómo el Papa Inocencio X me miraba enfadado, con la misma mirada feroz con la que miraba al pintor aquel agosto de 1650. Tenía la frente sudorosa, una ínfula roja y una casulla blanquecina y macilenta. Estaba enfadado y, aunque parecía nervioso, lo cierto es que algo que desconozco le impedía moverse. La escena duró poco más de 20 segundos hasta que por fin, la tierra volvió a moverse y, después de engullir al pontífice, se cerró.

Al principio me asusté, estuve varios días preguntándome a qué fenómeno podía haberse debido aquella escena hasta que, dos días después -un lunes- volvió a sucederme. Volví a sentir cómo la ciudad se movía hasta que de su subsuelo aparecieron Niso y Euríalo, los dos llorando, abrazados y recordándome que hay sentimientos eternos que pueden más que la espada de Volcente, que cualquier espada. Aparecieron del mismo modo que emergen las ballenas en el océano, de las profundidades del mundo, para respirar y volver a sumergirse.

Poco a poco me he ido acostumbrando. Muchas son las almas que han aparecido frente a mis ojos en las últimas semanas. César, Nerón, Calígula y su caballo, papas y primados de la iglesia romana, reinas y madres, Céfiro, Bernini, Borromini, Vittorio Emanuele y demás padres patrios. Todos tristes, con ojos de nostalgia, como si echasen de menos algo. La Roma que ellos crearon y que continúa perenne.

En realidad creo que ya me he acostumbrado. El suelo de Roma está lleno de fantasmas. Oigo sus lamentos todo el rato, sus quejidos, sus promesas de que algún día volverán. Al principio asustan pero ese miedo es perecedero, se evapora rápido, porque los fantasmas de Roma ya poco pueden hacer. Están condenados a aparecerse en cualquier esquina de la ciudad porque, durante su paso por la superficie, ya lo hicieron todo.

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