mayo 20, 2012

It was here e sempre ci sarà.

Cosa succederebbe se il male non fosse sempre presente nella mia testa? Oppure se la voglia di andare via fosse sparita? E se il sonno mi lasciasse dormire? Oppure, ad esempio, se decidessi di donare il mio sorriso a qualcuno? Cosa vorrebbe dire tutto questo? Cosa succederebbe se… un giorno smettessi d´avere voglia di piangere, o di sfregare nervosamente un piede contro l’altro senza trovare pace nel letto?

Semplicemente, non esisteresti.

mayo 20, 2012

El sueño del vagabundo.

La luz entra por los orificios de la persiana, la habitación, en penumbra, se rellena con el calor que desprende tu cuerpo. Las sábanas cuelgan de la cama porque el colchón ha decidido liberarlas y el despertador -el puto despertador- se rie de ti mientras ilumina con su luz roja tu rostro, que está tatuado con unos números digitales. 09:12. Me río mientras te veo voltearte, aferrarte a la almohada para taparte los oídos con ella y me río cuando comienzas a gruñir -susurrando- en un idioma que ni tú, tonto, comprendes. ¿Qué te molesta? ¿El ruido de la calle? Solo son unos cartones… Alguien que busca y rebusca, que mueve cajas y vete-tú-a-saber-qué-más y que no deja dormir. Si, ese espantoso ruido es la tapadera de un contenedor. ¿No te gusta? A mi tampoco me gusta tu habitación porque apesta y aún así sigo mirándote.

Me marea el vapor que has exhalado durante toda la noche. Me molesta tu cara, ahora con un bonito 09:31. Me cabrea que quieras matar al tío que rebusca en la basura. ¿Sabes? Si, en efecto, hay gente ahí fuera. Gente que busca y no encuentra. Suelen llevar gorra… En realidad no sé para qué. Pero llevan gorra, y ropa raída, y zapatos rotos… y las uñas negras como el carbón. Como tu egoísmo. No sabes cuanto me molestas.

¡Dios! Eres penoso. Quédate ahí durmiendo y no te preocupes. El mendigo ya se ha ido. Yo ya me voy. Me largo. Me hace gracia hablarte mientras duermes. Siento lo mismo que cuando te hablo y estás despierto. Lo dicho, hasta pronto. No haré ruido al cerrar la puerta de esta gruta infecta. Pero recuerda. Hay gente ahí fuera.

mayo 16, 2012

El corral

Madre lavando a su hijo en un corral vallisoletano. La fotografía pertenece a la fotógrafa y periodista Laura Cruz. http://unaltrabirra.wordpress.com/

Su tío Jesús siempre repetía la misma palabra: “Cojones“. La utilizaba para todo. Por ejemplo, cuando comía algo que a su juicio estaba bueno, exclamaba entre risas que “estaba de cojones“. O por ejemplo, cuando se enfadaba con Paco el del taller porque todavía no le había arreglado la vertedera gritaba “¡Manda cojones!“. En cambio él, por su edad, no podía utilizarla. De hecho, todavía recordaba la bofetada que su madre le propinó el día en el que se le ocurrió decir la palabra de marras delante del cura del pueblo, Don Facundo, que ante la chiquillada se cruzó de brazos y dijo algo de que no iba a tomar una comunión, o algo por el estilo.

Lolo tenía 7 años y vivía cómodamente en su casa del pueblo que, aunque pequeña, siempre había estado envuelta por una atmósfera con olor a mañana estival y barniz. Petra, su madre, se afanaba por llevarle limpio y bien vestido y vigilaba sus esporádicas excursiones al corral que compartían con los abuelos paternos. Era una plaza grande, cercada por un muro continuo y encalado, cuya continuidad solo era interrumpida por la presencia de un gran portón por el que la maquinaria de su abuelo entraba y salía. Los grandes tractores despertaban a Lolo y al vecindario entero con sus bostezos matutinos, todas las mañanas, en el preciso momento en el que comienza la jornada laboral para aquellos que aún se dedicaban al campo. Pero daba igual la hora que fuese porque bastaba un mínimo susurro que proviniese del enorme John Deere de su padre para que Lolo se levantara de la cama y se asomase a la ventana para ver marchar a ese enorme y humeante armatoste, que dejaba a su paso el multitudinario crepitar de los cantos rodados del corral, que se retorcían de dolor bajo las enormes ruedas del tractor.

Su madre, Petra, siempre le pedía que no corriese. El tiempo había hecho que de la tierra saliesen cantos y trozos de ladrillos centenarios, de los que solo asomaba una pequeña y afilada porción. Caerse sobre aquel caótico mosaico debía de doler. Cuando Lolo se caía y se magullaba la rodilla, gritaba para si mismo ese “¡Cojones!” que había aprendido de su tío Jesús, para después romper en carcajadas una vez que se percataba de que su madre era incapaz de controlar sus pensamientos. Luego se ajustaba la capucha para mirar hacia arriba, hacia el cable que cruzaba el corral sobre el que decenas de grajos miraban al crío, urdiendo los más descabellados planes contra su vida. Era entonces cuando Lolo cogía un palo, se acercaba sigilosamente hacia el gallinero y, sacando la lengua para reducir el esfuerzo, sacudía la bara sobre una enorme bombona de butano que, al recibir el golpe metálico del palo, rompía en una serie de estruendos que provocaban la desbandada de las aves cotorras.

Y era entonces cuando Lolo se quedaba prendido del espectáculo aéreo, viendo a los pajarracos huir sin problema alguno. Primero estiraban las patas sobre el cable, echaban el pico hacia delante y después, con un brinquito, como dejándose caer, emprendían el vuelo para desaparecer entre las nubes. Y Lolo, que se creía el rey del patio, que incluso había sido capaz de burlar las tortas de su madre convirtiendo sus inoportunas palabras en pensamientos, rompía en un llanto interior que le frustraba, en unas ganas locas por volar.

- ¿Por qué cojones vuelan? ¿Cómo cojones volarán?

mayo 3, 2012

La mesa de la ventana

El café de Antonio seguía siendo una cueva cálida y litúrgica, un templo para pedantes que se revolcaban entre el fango de jazz de Miles Davis o el Rhythm&Blues de Jerry Lee Lewis. Aquella fría tarde, el café estaba a rebosar. No faltaba Nonita, con su perro enano, ni la tropa de Gabriel, un grupo de izquierdistas noctámbulos y decepcionados. Por supuesto, Jimena, la mujer de Antonio, rodeada por su inseparable delantal y por su núcleo duro de amistades con las que compartía la pasión por las telenovelas venezolanas.

Junto al único ventanal del café estaban sentados dos jóvenes que intercambiaban una acalorada conversación. Uno de ellos, Simón, mantenía con insistencia que lo peor que le podía ocurrir a una persona era abrir un periódico por la mañana.

- “Crisis, crisis y más crisis. ¡¿Qué carajo?!… Cada día aprendo una chorrada nueva sobre economía”.

El otro, Mario, más callado, asentía sin más. Sabía que lo que Simón decía tenía demasiado sentido. Su formación había sido de letras, había crecido entre libros, jugando con García Márquez, con Juan Rulfo, con Julio Cortázar, con Miguel Delibes, y había entrado a la Universidad de la mano de Plauto, Horacio, Cicerón o Marco Valerio Marcial. La economía -la macro y la micro- siempre le habían importado un bledo pero a base de leer prensa había acabado doctorándose intelectualmente en estupidometría. Prima de riesgo, déficit, PIB, superávit… Lo que viene siendo el día a día.

De pronto, la puerta del café se abrió y los gritos de Jimena, que se afanaba en defender la culpabilidad de Julio Felipe, que según ella no tenía nada que ver con el asesinado de Gloria Estefanía porque la noche de autos él estaba en el Casino de Carabaileda, interrumpieron el ritmo de todas las conversaciones del café.

- ¡¡¡Fuera!!! ¡¡¡Fuera de aquí!!! Gritaba el mamotreto cárnico desde su mesas. ¡¡¡¡Antonio!!!!

El marido decidió meterse en la trastienda por no verse involucrado en situaciones incómodas. Jimena dejó a sus amigas, se levantó y dirigiéndose a la puerta comenzó a amenazar a su nuevo e indeseado huésped.

- Te he dicho mil veces que aquí no hay sitio para ti. ¡fuera! Aquí no queremos gente como tú.

El hombre, con cara de poca sorpresa, hizo lo propio. Se dio la vuelta y comenzó su retorno a la fría calle, arrastrando los pies. Durante su fuga inerte, Mario vio a un hombre abatido, cansado, abrazado por ropas que no calientan, de esas que tienen el frío metido entre los tejidos. El frío y la humedad, ropas que presentan un tono verdoso y un tacto resbaladizo. Simón detuvo su perorata y le preguntó a Mario con la mirada.

- Si, tienes razón… La economía… Si… Supongo… Supongo que no vale para mucho.

Cuando el mendigo cerró la puerta, Jimena, satisfecha, volvió a ocupar su mesa para continuar con la defensa de Julio Felipe.

La cita entre los jóvenes había terminado. Ambos se levantaron, pagaron la cuenta a Antonio -que ya había salido de la trastienda-, se despidieron de Ella Fitzgerald y de su “Dreams Are Made for Children” y cogieron sus abrigos del perchero. Se los pusieron, abrocharon sus cremalleras del todo, se colocaron los guantes, se anudaron sus bufandas y procedieron a salir del café. Al abrir la puerta, se percataron de que un bulto en el suelo les impedía la salida. Los jóvenes se miraron entre ellos para después dirigir su mirada al interior del café, de cuyas entrañas salió un grito enérgico de mujer.

- ¡¡Brincadle, hijos!! ¡¡Brincadle que ni se inmuta!! ¡Por el amor de Dios, mira qué da guerra! ¡A la policía!

abril 29, 2012

Así se las colocaban a Juan Carlos I

Solo los cobardes insultan al Rey muerto. Esopo.

 Cuando uno bucea mucho -mucho- en las raíces de su árbol genealógico llega un punto en el que nada duele. Por esa razón, no creo que sea demasiado arriesgado decir que Fernando VII era sencillamente “corto”. En estatura y en mentalidad. Verán. Resulta que entre las costumbres de la época estaba la de jugar al billar, juego en el que el déspota monarca no debía de ser demasiado ducho. Por eso, los cortesanos aprovechaban los despistes reales -frecuentes al parecer- para colocarle las bolas y facilitarle así la victoria. Honrosa servidumbre -sin lugar a dudas -cuyo comportamiento provocó la aparición del dime y el direte “Así se las colocaban a Fernando VII” para referirse a una situación en la que se parte con ventaja o en la que el éxito depende de condiciones de diversa índole.

El tiempo, como es normal, pasó y los cortesanos, los súbditos y el copón bendito terminó convenciéndose de que la igualdad era algo, por lo menos, exigible. Con esa toma de conciencia llegó el tiempo en el que los españoles se creían reyes de sus casas, una época en la que jugar a princesas ya no era una utopía porque la realeza había prometido solemnemente pasear de vez en cuando por los arrabales. Pero todo dio al traste cuando la ciudadanía cayó en el error de la condescendencia, del perdón instantáneo. Escudándose en la premisa de que el actual monarca había trabajado duro durante la Transición Democrática, llegaron a la determinación de perdonarle cualquier cosa. En lo que llevamos de 2012 ya le hemos colocado tres bolas:

Bola 1. Recorte irrisorio en los Presupuestos Generales del Estado para el 2012: Mientras que el presupuesto para Educación y Cultura se ha visto reducido en más de un 20% o el de Fomento en casi un 35%, la Casa del Rey ha sufrido un recorte de poco más del 2% en la propina que los españoles les damos para pasar el año.

Bola 2. La Justicia: La Casa del Rey apartó a Urdangarín de su agenda porque, a raíz del jaleo con la Operación Babel y toda la historia evasiva del Instituo Noòs, su comportamiento ya no era ejemplar. No obstante, todo parece indicar que el Rey estaba al corriente de las actividades de su yerno desde el año 2006. De ser conocedor de todo -cosa poco extraña- por qué a la gente no le indigna que el Jefe del Estado intentase encubrir las actividades delictivas de su yerno.

Bola 3. Austeridad. La mitad de los españoles en la puta calle y la otra mitad a punto de estarlo y nos llega la noticia de que el rey se ha roto la cadera cazando elefantes en Botsuana. ¡¡Elefantes!! Por favor, si hay una persona mezquina en este asqueroso planeta es aquella capaz de matar a un elefante o un delfín, por ese orden. Si, su Alteza, le perdonamos.

El hastalapollismo surge cuando un periodista, un contertulio, un político o un conductor de autobuses comenta que la Princesa Letizia está muy delgada, o que la Reina vive en un apartamento de Londres. Pero a ti qué carajos te importa… “Si la princesa come poco, mejor, a más tocamos”. La actitud crítica es la actitud definitiva y alejándonos de ella estamos cayendo, de nuevo, en la servidumbre… Algo que sí ataca a las raíces de nuestro árbol genealógico, a los españoles de antaño que en muchas ocasiones tuvieron la valentía de pararle los pies al rey, por muy rey que fuese.

En definitiva, no se trata de sacar la guillotina y pasarles a cuchillo cada vez que se equivocan. Se trata de exigirles ciertas responsabilidades, dejar de considerar al rey como una figura intocable. Limitarnos a respetar su trabajo siempre y cuando él respete el nuestro. Llevamos tres bolas y acabo de decidir que a la cuarta me marcho de España y que os den a todos.

Artículo 56.3 de la Constitución Española de 1978. La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo, salvo lo dispuesto en el artículo 65,2.

abril 20, 2012

Y

En un afán por corroborar ese exhibicionismo inepto que padecemos los propietarios de un blog, hoy quiero escribir en primera persona. En primera y en segunda, en tú y yo. O yo y tú. Siempre en singular. Porque en esa escueta conjunción que une el “tú” y el “yo” está la sangre, están las vísceras, está el deseo perpetuo de querer estar unidos. Porque una conjunción une y unir es querer, y querer es amar y amar es sangrar. Y sangrar es la muerte, la muerte del cuerpo y la muerte de lo que los poetas llaman “espíritu”. Es sencillo. Consiste en meter la mano en la boca, llegar con ellas al estómago, palpar en la oscuridad del cuerpo algo a lo que aferrarse y cuando se encuentra algo, tirar de ello y sacar todo lo que llevas dentro al exterior, notando el amargo sabor de la verdad, del afecto, del cariño y de la realidad en el paladar.

Porque, en definitiva, amar es morir. Y el cuerpo que no ama no vive. Está muerto. Terrible contradicción.

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