La mesa de la ventana

El café de Antonio seguía siendo una cueva cálida y litúrgica, un templo para pedantes que se revolcaban entre el fango de jazz de Miles Davis o el Rhythm&Blues de Jerry Lee Lewis. Aquella fría tarde, el café estaba a rebosar. No faltaba Nonita, con su perro enano, ni la tropa de Gabriel, un grupo de izquierdistas noctámbulos y decepcionados. Por supuesto, Jimena, la mujer de Antonio, rodeada por su inseparable delantal y por su núcleo duro de amistades con las que compartía la pasión por las telenovelas venezolanas.

Junto al único ventanal del café estaban sentados dos jóvenes que intercambiaban una acalorada conversación. Uno de ellos, Simón, mantenía con insistencia que lo peor que le podía ocurrir a una persona era abrir un periódico por la mañana.

- “Crisis, crisis y más crisis. ¡¿Qué carajo?!… Cada día aprendo una chorrada nueva sobre economía”.

El otro, Mario, más callado, asentía sin más. Sabía que lo que Simón decía tenía demasiado sentido. Su formación había sido de letras, había crecido entre libros, jugando con García Márquez, con Juan Rulfo, con Julio Cortázar, con Miguel Delibes, y había entrado a la Universidad de la mano de Plauto, Horacio, Cicerón o Marco Valerio Marcial. La economía -la macro y la micro- siempre le habían importado un bledo pero a base de leer prensa había acabado doctorándose intelectualmente en estupidometría. Prima de riesgo, déficit, PIB, superávit… Lo que viene siendo el día a día.

De pronto, la puerta del café se abrió y los gritos de Jimena, que se afanaba en defender la culpabilidad de Julio Felipe, que según ella no tenía nada que ver con el asesinado de Gloria Estefanía porque la noche de autos él estaba en el Casino de Carabaileda, interrumpieron el ritmo de todas las conversaciones del café.

- ¡¡¡Fuera!!! ¡¡¡Fuera de aquí!!! Gritaba el mamotreto cárnico desde su mesas. ¡¡¡¡Antonio!!!!

El marido decidió meterse en la trastienda por no verse involucrado en situaciones incómodas. Jimena dejó a sus amigas, se levantó y dirigiéndose a la puerta comenzó a amenazar a su nuevo e indeseado huésped.

- Te he dicho mil veces que aquí no hay sitio para ti. ¡fuera! Aquí no queremos gente como tú.

El hombre, con cara de poca sorpresa, hizo lo propio. Se dio la vuelta y comenzó su retorno a la fría calle, arrastrando los pies. Durante su fuga inerte, Mario vio a un hombre abatido, cansado, abrazado por ropas que no calientan, de esas que tienen el frío metido entre los tejidos. El frío y la humedad, ropas que presentan un tono verdoso y un tacto resbaladizo. Simón detuvo su perorata y le preguntó a Mario con la mirada.

- Si, tienes razón… La economía… Si… Supongo… Supongo que no vale para mucho.

Cuando el mendigo cerró la puerta, Jimena, satisfecha, volvió a ocupar su mesa para continuar con la defensa de Julio Felipe.

La cita entre los jóvenes había terminado. Ambos se levantaron, pagaron la cuenta a Antonio -que ya había salido de la trastienda-, se despidieron de Ella Fitzgerald y de su “Dreams Are Made for Children” y cogieron sus abrigos del perchero. Se los pusieron, abrocharon sus cremalleras del todo, se colocaron los guantes, se anudaron sus bufandas y procedieron a salir del café. Al abrir la puerta, se percataron de que un bulto en el suelo les impedía la salida. Los jóvenes se miraron entre ellos para después dirigir su mirada al interior del café, de cuyas entrañas salió un grito enérgico de mujer.

- ¡¡Brincadle, hijos!! ¡¡Brincadle que ni se inmuta!! ¡Por el amor de Dios, mira qué da guerra! ¡A la policía!

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