El botón rojo

“L`essenziale è invisibile agli occhi” ripeté il piccolo principe , per ricordarselo.
Il piccolo principe, A. de Saint-Exupèry

Es probable que alguna vez lo hayas sentido. En la parte trasera de los autobuses urbanos de medio mundo hay un hueco formado por cuatro asientos, dos enfrente de los otros dos, en los cuales se puede sentir una suerte de vínculo ultrasensorial entre la gente que los ocupa. Es, sin lugar a dudas, la zona más divertida y espaciosa del vehículo. Entras en el urbano, te aseguras de que no hay viejos ni embarazadas, te sientas en este preciso lugar y miras a las personas que -como tú- han ocupado dichos asientos: algo os une, no se sabe el qué, pero hay algo que enrarece lo convencional de las relaciones humanas.

Hace unos días, A. Bodoni sintió algo muy parecido. Sus compañeros de sitio eran una madre musulmana con sus dos hijas a cuestas. La madre, ataviada con una larga túnica verde, llevaba el pelo oculto por un hiyab rosa y dorado, enganchado a su propio cabello por una decena de alfileres de cabeza esférica y multicolor. De rostro amable, miraba con compasión el comportamiento de sus dos crías.

Lo propio hacía nuestro personaje, observar y divertirse. Tenía el periódico bajo el brazo y entre sus axilas asomaba el rostro del obstinado Mubarak, que seguía aferrándose al gobierno egipcio como si de algo propio se tratase. Egipto aburría a Bodoni y el espectáculo de las niñas ofrecía mucho más de lo que la política internacional podía ofrecer.

La hermana mayor permanecía sentada, inmóvil, hierática , con semblante serio y no ofrecía nada al espectador, solo ejercía el clásico y terrible papel de antagonista, hacía de niña-mujer seria, expendedora de miradas de reprobación, con labios de soga, con actos maternos, con un comportamiento propio de las niñas que han crecido bajo la soberanía de una hermana menor, más atendida y, por qué no, más querida. Porque la novedad siempre resulta nueva.

La menor, en cambio, era un torbellino simpático. Con los ojos abiertos hasta la distorsión, observaba todo de forma clínica, lo tocaba todo, lo reía todo, lo hablaba todo. Pese a las llamadas de atención, no de la madre, sino de la hermana mayor, ésta no cejaba en su empeño de escrutar absolutamente todo el vehículo. Destilaba inteligencia y asombro, encandilaba a Bodoni y lamía todas y cada una de las corneas que la rodeaban. Todo el mundo sabía que esa niña tenía algo cinco puntos por encima de especial y tan solo dos por debajo de genuino.

La familia estaba a punto de llegar a su destino y descansar así del insoportable y continuo traqueteo del autobús. La niña se percató de lo caduco de su existencia en aquel lugar y le preguntó a su madre, eterno papel secundario, si podía apretar aquel botón rojo que había en la pared y con el que solicitaría al conductor del trasto que parase en las puertas del Ospedale Mauriziano. Un “si” de boca de la madre desembocó en uno de los actos humanos más entrañables que Bodoni había visto jamás: la niña salió del círculo de asientos, bajó un pequeño peldaño, estiró sus tobillos para alcanzar al botón y lo presionó sacando la lengua en señal de esfuerzo.

Un esperado “ring” sonó inmediatamente y una sonrisa de autosatisfacción brotó de la redonda boca de la niña. Lo había conseguido y, a cambio, había obtenido un precioso timbrazo como recompensa. Fin de su trayecto. La madre, cuyo rostro recordaba a una madonna de Giotto, cogió de las manos a la adusta y a la pequeña –por este orden- y descendió del vehículo sin mirar atrás, sin ser consciente del impacto que su hija menor había causado en el público asistente y, sobre todo, en el propio señor Bodoni, cuya sonrisa dibujaba una leve sonrisa de satisfacción.

Una vez asimilada la ausencia, Bodoni miró su periódico con desprecio. ¿A quién le interesaban los grandilocuentes titulares de la prensa internacional que anunciaba a bombo y platillo la inminencia de un cambio que probablemente nunca llegue a producirse? No serían los militares quienes llevarían al milenario país del Nilo a la senda del progreso y la igualdad humana, ni siquiera los intelectuales contemporáneos podrían encauzar un país arruinado como Egipto… y qué decir de Estados Unidos y la Sociedad Internacional. Solo ella podría hacer algo en su país de procedencia, acabar con el fanatismo, con la intolerancia, con el machismo y con toda la sarta de falacias que hunden sus garras en la sociedad islámica. Ella y solo ella, o un ejército de ellas. De momento el cambio es relativo, ya se sabe que a rey muerto, rey puesto.

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