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abril 22, 2011

Adiós Taruga

“No podemos resolver problemas de la misma manera que cuando los creamos”
Alber Einstein ,

En algún lugar del Planeta y en algún momento de la historia, se dio la circunstancia de que la gente cotidiana, por llamarla de alguna manera, había quedado reducida a solo un puñado de almas que deambulaban por las calles de las ciudades de todo el mundo entre payasos, saltimbanquis, sacacuartos, mimos, aspirantes a cantantes callejeros y demás empresarios de lo estúpido. Ahora estos seres maquillados y espeluznantes habían formado una nueva especie, caracterizada por lo excéntrico y el esperpento, por el oportunismo y el afán chupóptero y descarado de un ser que decide, por erre o por be, comenzar a vivir de la generosidad de otras personas.

El incremento del número de estafadores respecto al de la gente normal se debe a la permisividad de un sistema que posibilitaba, a esta clase de personas, reproducirse a gran velocidad. Pero la culpa no solo era del sistema –concepto demasiado etéreo como para ser culpable de nada- sino de la propia gente normal que, con su comportamiento permisivo, dieron luz verde a su proliferación.

Los humanos, por su parte, hacía ya unas semanas que habían decidido esconderse de estos inoportunos seres y habían creado la Sociedad de la Nueva Era bajo una atmósfera de clandestinidad propia de otras épocas. Esto había provocado un stock tremendo en lo que a las relaciones comerciales de los cretinos se refiere, no había presas, solo algún impávido y despistado humano salía a la calle a la luz del día, lo que provocaba una avalancha inconmensurable de payasos a su alrededor, haciéndole carantoñas y gestos obscenos para reclamar su dinero. Pero esto solo ocurría en contadas ocasiones y por esa razón los nuevos dueños del planeta se pasaban las horas muertas sentados, aburridos, conversando –en esta época el arte de la retórica sufrió una mejora sin precedentes- y dejando que los rayos del sol deshiciesen sus maquillajes.

Saúl era un payaso viejo. En su juventud había cosechado un gran éxito en todo el continente estafando al personal con ilusiones ópticas basadas en todo aquello del “tú me das” y “yo me quedo”. Pese a su actual decadencia, seguía vistiendo con un decoro que le permitía liderar la banda de cretinos oportunistas del Barrio de la Nación, grupúsculo que se reunía todas las tardes para tratar de encontrar a algún humano al que poder sorprender con sus parruchadas y, de paso, poder reclamarle la clásica perrilla para la clásica gitanilla.

El grupo de Saúl estaba formado por una decena de seres que, a su vez, asistían perplejos ante un choque de intereses y una lucha interna por el control de la asociación callejera. Los grandes enemigos de Saúl eran, por este orden, Emilú, un calvorota con perpetua mueca de estulticia que tuvo cierto renombre por sus trucos con monedas, billetes, cheques al portador e hipotecas escondidas bajo cutres vasos de plástico; por otro lado estaba El Criollo, mimo tintado de azul capaz de vender a sus padres por un puñado de monedas. De hecho, se rumorea que lo hizo, pero nadie se atrevía a contrastar la información por temor a su cólera, repentina y aparatosa.

Eran las 5 de la tarde y un sol de justicia invadía las estivales tardes del centro de Taruga. Todos parecían más tristes de lo normal, su boca dibujaba un gesto contrariado, casi de dolor.

– ¿Dónde se meterán? He escuchado que en el otro lado de la Sierra hay una comunidad humana que todavía posee algunos ahorros. Habría que estudiar si compensa o no el viaje porque para ir y no sacar nada, es mejor quedarse aquí – Comentó Saúl ante la mirada atenta de El Criollo, que se había despertado al escuchar las primeras palabras del líder.
– No creo que obtengamos demasiados beneficios, sentenció El Criollo. He oído que el Parlamento piensa buscar a los humanos por tierra, mar y aire para sacarles de sus guaridas. Esta situación no puede continuar así…. Si es cierto ese rumor, es mejor permanecer aquí y esperar a que las Fuerzas del Desorden saquen a todos esos idiotas de sus escondrijos.

Todos seguían con parsimonia el debate de sus protorepresentantes. Emilú, como era de esperar, propuso acabar con el dilema echándolo a cara o cruz. Él y las monedas eran solo uno.

– No, aquí solo se hace lo que yo digo, gritó Saúl con la solemnidad de una tortuga milenaria.

Todos callaron, incluidos Emilú y El Criollo. Todos sabían que no tenían otro remedio que callar, esperar y obedecer. En el fondo ellos también se sentían culpables de la situación: habían exprimido el mundo como si de un gran y estúpido pomelo se tratase. Ahora la gente normal ya no existía, los años de gloria se habían acabado y lo único que les quedaba era asumir que el concepto “normal” había caído sobre sus cabezas. Ahora lo normal eran ellos, habían pasado a formar parte, sin quererlo, de una sociedad formada por ellos mismos, una sociedad estúpida, corrupta y pretenciosa… Porque la gente ya no existía y, por lo tanto, no tenían nada que chupar, todo se había ido al garete, no había marcha atrás. caput, c`est finì, El fin de nuestro mundo, sí, pero también el fin del suyo.

I funeralli dell`anarcchico Galli, Carlo Carrà.

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