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abril 13, 2012

Las ocho de la tarde

Abril es un mes intrépido, que sonríe, llora, grita, juega, hace el amor, te agarra de la parte baja de la bata y tira con insistencia de ella, para que agaches la mirada, le acaricies el pelo y le hagas saber que ya has notado su presencia. Es un mes que camina por el filo de un limpísimo cuchillo divisando desde su cortante arista la floritura a un lado y una sonrisa siniestra al otro, que no deja de tener su encanto.

El sol abrileño derrumba los edificios de Valladolid, los proyecta en el suelo para que la gente camine sobre ellos. Y las horas pasan y los días de abril van cumpliendo años hasta llegar casi a su ocaso, que no es una muerte sino un alarde de belleza lumínica, que empapa a los viandantes de una suerte de somnolencia que les afea. Las ocho de la tarde de cualquier mes de abril cubre los adoquines de esta fría ciudad para teñirlos de un rojo burdeos, un color delirante coartado y limitado por miles de lineas negras transversales. Una red en cuya maraña, los edificios condenados a ser pisados empiezan a confundirse con la nada, con la oscuridad de las noches de primavera.

Valladolid en abril no es Valladolid, es un paréntesis sentimental que aloca nuestra percepción del mundo. Definitivamente, el invierno se ha ido, aunque se aferre a la vida en forma de una tormenta tan predecible como inesperada. Hoy es 13 de abril de 2012 y yo ya no sé cómo mirarte.