febrero 28, 2012

La tía Potaja

Los baños - LA Sánchez

Los baños - LA Sánchez

Asomaba su octogenario hocico por la ventana, tanto como la persiana le permitía, para buscar en el horizonte la aparición de alguna nube negra. Su cráneo era evidente, blancuzco, marmóreo y estaba cubierto de una perenne capa acuosa, ya fuese verano o invierno. Tenía poco pelo y siempre vestía de negro, menos el delantal, que era de color azul celeste y servía -según ella- para disimular su prominente panza. En su cara, una nariz amenazante sustentaba unos anteojos dorados.

Si algo le gustaba en este mundo eran los problemas humanos, cuando más cercanos e insignificantes mejor. Disfrutaba paladeando las miserias de la pareja de al lado, porque según ella, su vecina estaba casada en segundas nupcias, era una fresca y había ido al altar encinta. Le encantaba imaginar y difundir el bulo de cosecha y crianza propia de que Petronila, la estanquera, había matado a su santo esposo a base de bromuro. “Normal que la pegase… si es que ella también lo busca. Hay que saber las dos partes” solía comentar clamando con la mirada al cielo. Le encantaba sabotear bodas y comuniones. En definitiva, le apasionaban los líos ajenos y lo hacía gozando de un anonimato tristemente popular y decadente.

Se pasaba el día con su ojo estrábico y orwelliano pendiente de todo cuando pudiese suceder en la calle, resistiendo largas horas de espera, ansiosa de noticias frescas. Y lo hacía de una manera marcial, estoica, siempre pegada a la ventana porque… lo peor que le podía pasar era no enterarse de algo. Resistía como esas estúpidas barandillas metálicas que facilitan el ascenso de las escaleras exteriores de los edificios, burlándose del sol de febrero, que no consigue calentarlas. Ya llegará julio.

Una tarde fue testigo de como una preciosa nube negra se acercaba a lo lejos y, a base de esperar, pudo comprobar cómo, en efecto, ese tempestuoso y apocalíptico cumulonimbo interrumpía su periplo por el cielo para detenerse justo sobre su calle. De pronto, su pulso empezó a acelerarse, sabía que llegaba la tormenta y, con ella, un espectáculo de poco y nada que observar a través de los orificios de su persiana. Un angelical rayo de luz, el consiguiente trueno y, por fin, el cielo comenzó a miccionar sobre su calle una imponente y diluviana tromba de agua. No lo dudó. Se arrancó el delantal, se calzó las botas, cargó sus gafas y afiló su lengua. Descendió rauda las escaleras de su casa de adobe y salió a la calle.

Nada más abrir la puerta, divisó un charco que le sonreía atemorizado desde la mitad de la calle -el más grande- y cuando tuvo la certeza de que nada podría detenerla, comenzó a correr bajo la lluvia hasta meterse en él. Una vez  dentro, comenzó a chapotear en el barro como una demente, disfrutando de la humedad, sintiendo cómo el agua sucia empapaba sus polainas… llevándola así al éxtasis.

De pronto, una voz rugió desde una de esas centenarias casas encaladas que flanqueaban la calle:

– Pero Tía Potaja…. ¿Se puede saber qué hace metida en ese charco?, preguntó una mujer morena mientras se agarraba al alféizar de la ventana para no perder el equilibrio.

La Tía Potaja, una vez que identificó la voz y su procedencia, se giró y, graciosamente contestó

– Por meterme en todo hija mía… ¡¡Por meterme en todo!!

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*NOTA: Como siempre, el personaje sale de la cabeza de mi idolatrado amigo César Hidalgo de Álvarez. Es un genio rural y un refranero incansable.

febrero 23, 2012

“El largo”

– Un menú grande con patatas fritas y Coca Cola, gritó de pronto alguien.

El niño, con su jersey atado a la cintura y con cierto aire grotesco, miraba hacia el cielo narrándole a su madre algo, sin lugar a dudas, excitante. Lo hacía envuelto en una atmósfera hostil, poblada por sonidos de cocina, por gritos de muchachos grasientos, por esos molestos pitidos que emiten las máquinas registradoras. Buceaba en un océano de colesterol, imbuido en un nube que apestaba a animales muertos. A la plancha.

Hoy me han nombrado Guardián de los Ordenadores. Lo he hecho muy bien, el profesor me ha dicho que soy muy responsable.

Los hielos caen en un vaso y su rumor enfría momentaneamente la sala. El sifón de los refrescos silba. Silba como el pecho de la madre, que se hunde agitadamente fruto de la emoción. Una sonrisa empieza a brotar en su gordo rostro.

Y ha dicho delante de toda la clase que soy el más inteligente y el que mejores notas saca. Es normal porque el resto son un poco “cortos”.

– Son seis euros con setenta y cinco céntimos. El sonido de las monedas repica por las bóvedas de la caja. La dependienta cierra la caja con desconfianza, se coloca la visera, suspira, mira al frente y sonríe. ¿Qué desea? Un pelirrojo orondo pide, y pide, y pide, y pide…

Mientras, el niño continúa su perorata ególatra provocando el progresivo aumento de la dentada sonrisa de su madre.

Cuando el profesor me ha nombrado encargado por ser responsable, Olga me ha mirado fatal. Es una envidiosa. Quiere sacar mejores notas que yo y no puede.

Y de pronto, todo explotó y ese gran abismo de orgullo en el que puede convertirse una madre -entendida esta como un concepto etéreo- rebosó de placer emocional y, con los ojos vidriosos y exhibiendo una mueca de santurrona, se agachó y abrazó fuerte a su hijo. ¡¡Pero qué rico y listo eres, hijo!!. Minutos después, el niño devoraba una hamburguesa enorme que su madre le había comprado como premio al mérito académico. Esta es la prueba irrefutable de que el amor, y sobre todo el maternal, puede convertirse en un arma de doble filo.

Imagen de Dreamstime

febrero 20, 2012

Lunes de carnaval, 1999

Si tuviera que describir al carnaval como un color, lo haría, sin duda alguna, con el amarillo. Pero no ese tipo de amarillo histriónico y fulgurante sino un amarillo real, agrario. Color pajizo, de alpaca. Era el color del que se teñía el horizonte castellano desde la loma de aquel pueblo. Los niños, de 15 años aproximadamente, corrían vestidos de azul hacia lo alto del montículo, junto a la carretera, para otear a lo lejos la posible aparición de un vehículo.

Cuando en el fondo de aquella larga senda de asfalto se dibujaba un punto brillante rojo, o azul, o blanco, uno de los niños avisaba al resto mediante gritos de euforia.

– ¡¡Viene uno!!

El resto, recostados en las cunetas de la carretera que atravesaba el pueblo, agarraba las carretillas y las colocaban en el centro de la vía para impedir el paso a todo aquel hombre -o mujer- que cometiese la osadía de pasar por su pueblo. Los vehículos, como es natural, detenían la marcha, echaban el freno de mano y, con un gesto a caballo entre la incredulidad y el cariño, bajaban la ventanilla para ver qué se cocía por aquel mundo exterior e insospechado.

A ojos de cualquiera de los conductores, el espectáculo tuvo que ser demencial. Fuera, dibujados por el marco de la puerta del coche, aparecían de pronto una veintena de caras infantiles y sucias, ataviadas con monos azules y con una sonrisa pícara dibujada en la cara. Algunos con pañuelos en la cabeza -otros, los más sofisticados, con cascos- y todos con herramientas de construcción en la mano. Niños disfrazados de albañiles ¿Había acaso algún disfraz más absurdo sobre la faz de la tierra?

– “Una perrilla para la gitanilla“.

Era el lema que coreaban todos al unísono. Era lunes de carnaval y por algún tipo de derecho cósmico, aquellos críos tenían la potestad de establecer un peaje pagano a la salida del municipio. Algunos conductores alargaban la mano y soltaban 50 pesetas. Otros, en cambio, pitaban y se enfadaban, olvidaban su infancia a lomos de un vehículo en cuyo interior repicaba la voz de cualquier locutor serio. Obstinados, los niños se lanzaban sobre el parabrisas e impedían la fuga del tacaño. Siempre acababan por soltar la perrilla. Y la gitanilla, los niños y el derecho cósmico sonreían.

Tenían una visión mercantilista del carnaval. El disfraz no había sido elegido al azar. En realidad, aquellos críos se disfrazaban de albañiles por dos razones esenciales: en primer lugar porque conseguir un mono era una tarea ridículamente sencilla; En segundo lugar, porque el uso de las carretillas les proporcionaba una improvisada barrera de peaje. Además, en los carros -metálicos y salpicados por manchas de cemento seco- guardaban las monedas que habían logrado recopilar durante todo el día. Digamos que les facilitaba el trabajo.

Quince años después, la loma sigue en el mismo lugar -quizá más chata, erosionada por el viento- y las alpacas siguen ocres, desafiando a la gravedad en la Era de los Gallineros. Aquellas tardes de carnaval, que comenzaron como un arrebato de usura, terminaron, paradójicamente, creando escuela. La mayoría de aquellos niños dejaron el disfraz para vestir un mono de verdad. Abandonaron la escuela, se subieron al andamio y desde allí pudieron, de nuevo, otear el mundo del salario, del salario holgado, cuando no alto. Desde el andamio, con su perspectiva de dioses, veían cómo la escuela que habían abandonado se marchitaba y se quedaba sin niños.

El resto es conocido. Mis amigos -supongo que como los tuyos- se compraron un coche, una casa y una novia. También comprada. Con 18 años fueron adultos y creyeron que en la altura que la grúa y el andamio les proporcionaba, nada malo podía ocurrirles. Pero, a fin de cuentas, todas las historias terminan truncándose y tan solo serían necesarios unos pocos años para que aquellos niños se diesen cuenta de que lo que empezó como un juego, como un juego debería haberse quedado.

¡Qué tiempos!

julio 1, 2011

ArrivederLa

Hoy es mi último día en Turín y tan siquiera tengo ganas de escribir. Lo hago sencillamente por una suerte de obligación moral aunque juro que cada tecla que pulso es un insufrible bochorno que se extiende por todos y cada uno de mis nervios. Otra razón, puede que la última, se explica con el hecho de que hace ya dos años y medio que tengo la costumbre de escribir aquí las cosas interesantes que veo o sencillamente me invento.

Me he acostumbrado a vivir contigo, y contigo, y a despertarme con la silueta de los Alpes recortando a la mitad la panorámica que dibuja la ventana de mi habitación. Todos y cada uno de los días de mi estancia han sido provechosos porque, si bien es cierto que he aprendido de errores pasados, lo cierto es que también lo he hecho de personas, lugares, palabras, y situaciones que encandilan, que hacen que te sientas sencillamente bien.

Acabo de vaciar mi habitación y el eco ya se burla de todo y cuanto digo en su interior. Es como si hubiese algún Demiurgo tratando de burlarse de mi, de mi cara de pena, de mi último cigarro sentado en la ventana, de mi última entrada en La Veda Abierta. Acabo de terminar mis maletas. En su interior poca cosa: ropa, recuerdos y tres o cuatro pares de zapatos destrozados. Porque las experiencias se cuentan con el número de zapatos rotos que llevas a cuestas, con los cordones anudados de forma perenne, descoloridos. Si, he roto muchos zapatos porque no me he cansado de andar, porque Torino es una ciudad que te invita a caminar y a resbalarte por sus pulidas aceras. Porque los miles de kilómetros que he recorrido me han enseñado, además de lugares fascinantes, los rostros de las personas más increíbles de las que nunca nadie se ha rodeado.

Lo dicho, no quiero seguir escribiendo, creo que ya es demasiado, supongo que la próxima entrada la escribiré con 3000 kilómetros de perspectiva por medio. Una vez saciada dicha obligación personal, cierro esta entrada sencillamente dando las gracias a todos y cada uno de los momentos que me han fascinado y conquistado, a los de aquí y a los de allí, a los que están en el otro lado del planeta, o de Europa o de dónde sea. Y por supuesto, dándomelas a mi mismo, por haber esta aquí, en el momento justo y en lugar adecuado.

Torino sempre sarà casa mia.

Un saludo,
Gonzalo.

junio 18, 2011

Ojalá

Dicen que hoy es el día del Español, o lo que es lo mismo, el Día E para todos aquellos que se enorgullecen de la pamplina 2.0. Para ello, no sé quién ni me interesa, ha montado una plataforma en la que se habla de las palabras más bonitas de nuestro idioma y para ello ha recurrido al manido recurso de poner en blanco y negro sobre fondo neutro a un personaje famoso de la cultura hispana para que nos cuente cuáles son sus gustos y pareceres en relación con nuestra lengua.

Echando un vistazo a los videos me ha llamado la atención especialmente este (no te cortes y pincha para ver la sorpresa). Sí, es Emilio Botín, el presidente del Banco Santander, haciendo publicidad de su empresa. No es que me caiga mal, sino que no pinta nada y por mucho que se empeñe, muchas personas en el mundo no le recuerdan por el precio bajo de sus hipotecas sino por perlas como estas:

En fin, aprovechando la circunstancia y sin ser famoso, escribo esta entrada para decir mi palabra preferida del castellano.

Es bonita, suena bien y es ancestral. Las características principales de nuestro idioma. Representa a la perfección la macedonia lingüística que escupimos y, lo que es más importante, alude al deseo, el verdadero motor del mundo.

Un saludo y feliz Día del Español.
Gonza.

junio 13, 2011

La ciudad en rojo y negro

Lago Lemán, Montreux, Suiza.

Lago Lemán, Montreux, Suiza

De pronto, el cielo es rojo. Y desde dentro de las casas se oye un rugir orgulloso que acompaña a las millones de gotas que impactan contra el suelo, gotas que se mezclan con partículas de polvo ignoradas, y que resultan en un barro trasparente que tiene el sonido de un enjambre de serpientes caminando al unísono hacia la boca de algún niño.

Y la rojez de la tarde te invita a abrir la ventana, hace que te quedes prendido, mirando al cielo, cayendo en un drama de color, que te hace dudar si lo que ves es rojo o violeta. El cielo pestañea como si una gran mota de polvo estelar se le hubiese introducido en su diminuto ojo, lanzando latigazos eléctricos a la tierra. Ruge como un felino antes de atacar, como un león imaginándose a la cebra más bella del Paraíso. Porque, incluso para las bestias más crueles, también hay un paraíso.

La tormenta que acabará con todo está aún por llegar. De repente, un farol se enciende -¿acaso pretende competir?-, un perro ladra, otro escribe su diario, la beata reza a los pies de la cama y pide a Dios que todo pase a cambio de retomar su amistad con Chelo, que hay que ver cómo se las gasta esa mujer, y el ateo se palpa la entrepierna pensando en la monja negra que vio aquella tarde en el parque mientras apoya el codo derecho en el Capital Marxista; Los dos jóvenes de portal no fuman porque no tienen tabaco y la mujer del paraguas desafía con su cigarrillo rubio al cielo, disparando con sus labios bolutas de humo azul que, después de recorrer las bóvedas de su armazón, salen por sus acantilados como cataratas invertidas, hacia las nubes, mezclándose con el océano que la rodea. Todos alumbrados por los fogonazos amenazadores que el cielo les envía, que les descubre, que les comprime. que les silencia.

Porque solo las tormentas de tamañas proporciones son capaces de silenciar de un solo suspiro a los seres que se esconden debajo de ellas, admirándolas estremecidos.

Gonza.