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febrero 20, 2012

Lunes de carnaval, 1999

Si tuviera que describir al carnaval como un color, lo haría, sin duda alguna, con el amarillo. Pero no ese tipo de amarillo histriónico y fulgurante sino un amarillo real, agrario. Color pajizo, de alpaca. Era el color del que se teñía el horizonte castellano desde la loma de aquel pueblo. Los niños, de 15 años aproximadamente, corrían vestidos de azul hacia lo alto del montículo, junto a la carretera, para otear a lo lejos la posible aparición de un vehículo.

Cuando en el fondo de aquella larga senda de asfalto se dibujaba un punto brillante rojo, o azul, o blanco, uno de los niños avisaba al resto mediante gritos de euforia.

– ¡¡Viene uno!!

El resto, recostados en las cunetas de la carretera que atravesaba el pueblo, agarraba las carretillas y las colocaban en el centro de la vía para impedir el paso a todo aquel hombre -o mujer- que cometiese la osadía de pasar por su pueblo. Los vehículos, como es natural, detenían la marcha, echaban el freno de mano y, con un gesto a caballo entre la incredulidad y el cariño, bajaban la ventanilla para ver qué se cocía por aquel mundo exterior e insospechado.

A ojos de cualquiera de los conductores, el espectáculo tuvo que ser demencial. Fuera, dibujados por el marco de la puerta del coche, aparecían de pronto una veintena de caras infantiles y sucias, ataviadas con monos azules y con una sonrisa pícara dibujada en la cara. Algunos con pañuelos en la cabeza -otros, los más sofisticados, con cascos- y todos con herramientas de construcción en la mano. Niños disfrazados de albañiles ¿Había acaso algún disfraz más absurdo sobre la faz de la tierra?

– “Una perrilla para la gitanilla“.

Era el lema que coreaban todos al unísono. Era lunes de carnaval y por algún tipo de derecho cósmico, aquellos críos tenían la potestad de establecer un peaje pagano a la salida del municipio. Algunos conductores alargaban la mano y soltaban 50 pesetas. Otros, en cambio, pitaban y se enfadaban, olvidaban su infancia a lomos de un vehículo en cuyo interior repicaba la voz de cualquier locutor serio. Obstinados, los niños se lanzaban sobre el parabrisas e impedían la fuga del tacaño. Siempre acababan por soltar la perrilla. Y la gitanilla, los niños y el derecho cósmico sonreían.

Tenían una visión mercantilista del carnaval. El disfraz no había sido elegido al azar. En realidad, aquellos críos se disfrazaban de albañiles por dos razones esenciales: en primer lugar porque conseguir un mono era una tarea ridículamente sencilla; En segundo lugar, porque el uso de las carretillas les proporcionaba una improvisada barrera de peaje. Además, en los carros -metálicos y salpicados por manchas de cemento seco- guardaban las monedas que habían logrado recopilar durante todo el día. Digamos que les facilitaba el trabajo.

Quince años después, la loma sigue en el mismo lugar -quizá más chata, erosionada por el viento- y las alpacas siguen ocres, desafiando a la gravedad en la Era de los Gallineros. Aquellas tardes de carnaval, que comenzaron como un arrebato de usura, terminaron, paradójicamente, creando escuela. La mayoría de aquellos niños dejaron el disfraz para vestir un mono de verdad. Abandonaron la escuela, se subieron al andamio y desde allí pudieron, de nuevo, otear el mundo del salario, del salario holgado, cuando no alto. Desde el andamio, con su perspectiva de dioses, veían cómo la escuela que habían abandonado se marchitaba y se quedaba sin niños.

El resto es conocido. Mis amigos -supongo que como los tuyos- se compraron un coche, una casa y una novia. También comprada. Con 18 años fueron adultos y creyeron que en la altura que la grúa y el andamio les proporcionaba, nada malo podía ocurrirles. Pero, a fin de cuentas, todas las historias terminan truncándose y tan solo serían necesarios unos pocos años para que aquellos niños se diesen cuenta de que lo que empezó como un juego, como un juego debería haberse quedado.

¡Qué tiempos!

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