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octubre 3, 2012

La lisiada de Torretartón

Todo lo que a continuación se lee es una historia real.

Definitivamente el otoño había entrado con las manos en los bolsillos de sus tejanos y con sus pulgares engarzados en las hebillas de su cintura, con la cadera echada para delante, defendiendo con vehemencia su derecho a quedarse. El brasero calentaba las marchitas extremidades de Teodora por debajo del faldón de la mesa mientras sus ojos escrutaban la estancia con un semblante estricto e imprimían, a su vez, un aire marcial a su rostro. Junto a ella, sentadas en el suelo sobre grandes almohadones verdes, siete niñas se afanaban en bordar los retales de tela lugana que la mujer les había proporcionado para facilitar su aprendizaje.

Aunque la mayoría de las familias de Torretartón padecían todavía las secuelas de la Guerra del 36, la historia de Teodora era, sin lugar a dudas, las más triste de todas. Huérfana desde la más tierna infancia, según el médico del pueblo, Don Facundo, había quedado paralítica a causa de una extraña enfermedad contraída en la posguerra. La imagen de una mujer sola y lisiada había levantado las más altas pasiones en los corazones de sus vecinos que, llenos de bonhomía, decidieron contribuir a la manutención de Teodora, que a partir de entonces pasaría a ser conocida socarronamente en toda la comarca como Teodora la Enferma.

Las familias del pueblo -desde la más humilde hasta la más próspera- separaba una parte de su comida para Teodora, procuraban tener su despensa siempre llena, contribuían a que en la tenada siempre hubiera madera suficiente para calentar la enorme casa que el Ayuntamiento había puesto a su disposición e incluso mandaban a sus hijas para que acompañaran a la mujer, tanto por el día como por la noche.

A la mañana siguiente, las niñas volvían a casa con las lágrimas en los ojos, jurando y perjurando haber visto, en mitad de la noche, una sombra más oscura que la propia oscuridad paseándose por los pasillos de la casa de Teodora. Habían sentido su presencia, habían escuchado el crujir de la tarima, deteriorada por el paso del tiempo. Las historias de fantasmas fueron creciendo al mismo ritmo que lo hacía la duda velada de las crías que, pese a su edad, sospechaban que los fantasmas no eran más que Teodora en su papel más realista. Teodora sana. Las mozas alegaban que la mujer las exhortaba a regar las plantas del patio porque a su juicio estaban demasiado secas… Todo esto sin haber pisado nunca su propio jardín.

Hasta tal punto llegó el amor colectivo hacia la lisiada que el propio Ayuntamiento organizó un viaje a Fátima para tratar de curarla. El agua portugués no fue lo suficientemente eficaz y la comitiva rural volvió a casa como fue. Pero la historia de esta mujer encuentra su punto de giro en plena Transición Democrática, con la llegada de un nuevo y joven doctor que, intrigado por la inexactitud del caso de Teodora La Enferma se propuso llegar hasta el fondo del asunto. Lo primero que hizo fue visitar a la celebridad que le recibió no de muy buenas maneras. El médico se arrodilló y al tocarle las piernas, pudo sentir una especie de reguero sanguíneo bajo su fría y marmórea piel, pudo -incluso- notar una suerte de tensión procedente de sus músculos. Solo tuvo que mirar hacia arriba para entrever en su mirada un sencillo ápice de locura y bastó con pellizcar su tendón rotuliano para que San Lázaro descendiese de los cielos, le agarrase del brazo y la pusiese a caminar.

Torretartón nunca más fue lo mismo. La bondad había quedado desterrada de los corazones de sus aldeanos, la generosidad enterrada para siempre en el ataúd de la desconfianza y la casa de Teodora, consagrada a la indiferencia, convertida en un templo de usura para los siglos de los siglos. Teodora, después de fingir durante cuatro décadas una parálisis inexistente, dio con sus huesos en el Manicomio de Valladolid donde terminó consumiendo los últimos años de su vida.

En el pueblo todavía se preguntan qué pueden hacer con el terreno donde esta mujer perpetró tamaño atentado a la confianza colectiva. El Alcalde propuso estirar la mentira y pedir su beatificación porque, según su abuelo, presente en el viaje a Fátima, la mentirosa movió ligeramente un pie cuando se la bañó con el agua bendita y, claro, un santuario en Torretartón daría caché al municipio. La idea fue desestimada en pleno. El resto de la población, acostumbrada a la mentira y a la inutilidad, no descarta la idea de crear un Parlamento. O un Senado. Eso ya se verá.

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